Porlamar
6 de agosto de 2020





EL TIEMPO EN MARGARITA 25°C






¡A vender! ¡A vender!
Hoy les traigo un relato muy interesante para conmemorar una fecha especial. La historia se llama "¡A vender! ¡A vender!", pertenece a mi libro <> y me la contó mi amigo Jesús Mora, quién me pidió que me encargara de la parte literaria. Bueno, el punto es que Jesús está cumpliendo años hoy, 01/07, y quiero felicitarlo y de paso agradecerle por tan buenas anécdotas. Dios te bendiga, hermano.
Juan Ortiz

1 Jul, 2020 | (Historia de la vida real)

Los padres de Jesús, por cosas de la vida, se separaron. Su papá se fue a la Isla de Margarita, y su mamá, a Maracay.

A raíz de la separación, Jesús y su hermana pasaron una temporada en casa de una tía, también en Maracay. Lo que en principio debió ser una estadía tranquila, resultó ser un suplicio. Los maltratos estaban a la orden del día.

Cansados de la situación, los muchachos hablaron con su padre y se fueron a la Isla de Margarita un tiempo. Lo que debían ser unas vacaciones de dos meses, terminaron siendo 2 años para la hermana de Jesús, y tiempo indefinido para él.

Su madre, Mirla, no se enteró de las vacaciones improvisadas, sino después de que todo había ocurrido. El corazón de Jesús, quien para el tiempo de la separación era un niño, sufrió mucho.

La situación no mejoró con lo de su tía, eso le llevó a apartarse de su madre. No solo hubo una distancia física entre ellos, también dejaron de hablarse. Los años eran largos, y los corazones de Jesús y su madre padecían de un vacío gigante.

Un día, Mirla, la madre de Jesús, se fue a una casa cerca de la suya, una vieja construcción de bahareque y tejas de barro que durante mucho estuvo abandonada, pero que hacía unos meses había sido habitada por una anciana que se dedicaba a vender dulces y refrescos.

Mirla cargaba consigo su tristeza, como de costumbre desde que dejó de ver a Jesús, mientras recorría la carretera de tierra rumbo a la casa de la anciana para comprar un refresco.

"¡A vender! ¡A vender!", gritó Mirla, a sabiendas de la edad de la mujer, para que le escuchara. La anciana debía tener unos 87 años, era bajita, y tenía una larga cabellera gris que casi rozaba el suelo. Su voz era clara, y sus ojos negros profundos, y siempre cargaba una bata blanca ancha y grande, tal y como todas las viejas de pueblo.

—Ya voy, mija, ya voy —se escuchó al fondo de la casa, era la vieja.

—Tranquila, mujer, yo la espero —dijo Mirla.

—Mija, ¿quieres una grande o pequeña? —dijo la anciana, al llegar a la ventana y sin esperar que Mirla siquiera pidiera.

—Bueno, sí, pero, ¿cómo sabe el sabor si no le dije? —replicó Mirla, un poco extrañada.

—Te lo leí en la cara, así como esa tristeza vieja que tienes por no ver a tu hijo. Descuida, mija, en una semana te ves con él, y recuperarán el tiempo perdido —dijo la vieja, con una certeza infranqueable.

—¿Y cómo sabes todo eso? —replicó Mirla, con las lágrimas brotando.

—Las matas hablan, los pájaros se dicen las cosas, y uno está allí, sentado en esa mecedora, como si se hubiese ido hace rato, y escucha sus voces, y, a veces, dicen verdades. Si esta es la tuya, tómala, porque pasará —dijo la vieja, entregando el refresco a Mirla, recogiendo el dinero y dando la espalda.

Mirla no dijo nada, no podía, no dejaba de llorar. Simplemente tomó su frescolita y se fue a su casa, por la misma carretera de arena, mientras un remolino de hojas secas se formaba detrás de ella y arremetía contra la casa de la vieja.

A la semana sonó la puerta de la casa de Mirla, era Jesús, había decidido perdonar y aprovechar el tiempo de vida con ella. Ambos no aguantaban la alegría.

Mirla, en una pausa, le contó a Jesús lo que la vieja le había dicho, y cómo ya, en cierta manera, sabía que vendría, así que decidieron ir adonde la señora a presentarse y agradecer por el ánimo que dio.

Ambos caminaron la misma carretera de tierra rumbo a la casa de la anciana. Al llegar, Mirla quedó extrañada. La casa estaba maltrecha, como si la hubiesen saqueado, y, además, estaba como más vieja, abandonada.

Ella empezó a llamar y llamar. “¡Señora!, ¡señora!”, repetía una y otra vez sin recibir respuesta. A los quince minutos salió el vecino de enfrente de la casa y se les acercó.

—Buenas, señora, ¿a quién llaman? —dijo el vecino.

—A la señora que vende refresco —respondió Mirla.

—Señora, ¿cuánto tiempo tiene sin comprar? Esa señora se murió hace 3 meses.




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