Porlamar
21 de agosto de 2019





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Todo por un pirarucú (historia de la vida real)
El encuentro con los rescatistas fue traumático. Carlos escuchó al helicóptero, dejó a Francisco recostado en un árbol, y se fue corriendo al claro a hacer señas, no sin antes haberse reído de emoción con su amigo.
Juan Ortiz

12 Jun, 2019 |La empresa iba viento en popa, las ventas en crecimiento, mensualmente se sumaban más socios, los empleados ganaban bien, todo marchaba sobre ruedas. Carlos, el dueño, no podía pedir más. Lo único contraproducente de todo fue que el lograr que el negocio surgiera, requirió de años de esfuerzo, continuos, sin ningún tipo de descanso.

Ahora bien, eso no era nada que unas vacaciones no pudieran arreglar, y todo estaba presto para que así fuera. Las ganancias de la empresa eran inmejorables, se contaba con un socio capacitado que se quedara en frente del negocio, y, por si fuera poco, había un paquete promocional al destino ideal para cualquier excursionista: la Amazonía brasileña.

Carlos informó de todo a los integrantes de su equipo de trabajo, y puso al tanto a su familia, y, por supuesto, a su amigo Francisco, un experimentado excursionista que sería un guía ideal en tal aventura. Todo se dispuso de forma milimétrica, no había forma de que algo saliera mal, y, pues, así fue.

Los exploradores salieron en avioneta desde Maracay el 15 de enero de ese entrañable 1989. Llegaron tres días después al sitio acordado, ya que debieron aterrizar en Boa Vista y de allí seguir en Jeep hasta el campamento base.

Se les asignaron sus carpas respectivas y se les dieron los mapas, señalándoles los sitios acostumbrados para senderismo, pesca y demás actividades. La felicidad de ambos amigos no era normal, esos paisajes son paradisíacos, y si eres fanático de la naturaleza, el disfrute se triplica.

La estadía sería por diez días, así que organizaron bien su agenda. Se encontraban cerca del río Tocantins, por lo que empezar la excursión con un día de pesca allí, sería algo fenomenal. Llevaron todo lo necesario, incluyendo su mapa, carnadas, indumentaria de pesca y comida.

Tenían dos horas pescando sin que hubiesen señales aparentes de peces. Ellos aplicaban la vieja técnica del carrete, a mano, con guantes y tacto, pensaban que eso de las cañas le restaba acción al arte milenario de pescar. Pasadas esas dos horas, el carrete de Carlos empezó a halar sumamente fuerte, con una intensidad propia de un caimán, o algo así de grande.

Francisco notó la batalla, dejó de lado su carrete y sus cosas y se fue corriendo tras su amigo para socorrerlo. Ambos hombres empezaron a halar con fuerza, cuando llevaban 10 minutos en la lucha, se pudo avizorar una enorme aleta en la superficie. No, no era un caimán, era, nada más y nada menos, un pirarucú, el pez más magnánimo de toda la Amazonía.

La emoción creció a niveles insospechados, a la par con las nubes grises que se acumularon, de la nada, en la zona. Las lluvias son muy normales en la Amazonía. Los hombres no le pararon a eso y siguieron su lucha. ¿Se imaginan llegar con un pirarucú al campamento el primer día de excursión?

No pasaron 2 minutos cuando empezó a caer un palo de agua torrencial, ellos seguían allí, luchando. La lluvia suele molestar a los animales de la selva, las víboras suelen ser muy susceptibles a ella, y ese día el agua entró en la madriguera de la barba amarilla (<>), de un metro veinte, a la que le tocó salir para no ahogarse.

Cuando las cosas están para pasar, pasan, no importa dónde te encuentres.

La emoción seguía entre Francisco y Carlos, el frenesí de poder agarrar al pirarucú les impidió prestar atención a la lluvia torrencial, y mucho menos a la víbora que pasó justo al lado de ellos.

Faltaba solo un jalón para sacar al piriracú, uno solo; Carlos volteó, hizo señas con Francisco, y ambos tiraron del cordel con gran poder. La coordinación de los hombres fue tal, que el animal, de casi 25 kilos, salió disparado del agua rumbo a orilla, llagando unos 4 metros tierra adentro.

Carlos y Francisco cayeron de espaldas, uno por cada lado. La emoción les hizo levantarse rápidamente e ir por el inmenso animal que se encontraba brincando bajo la lluvia. Apenas se levantaron, Francisco pegó un gran grito y sostuvo con ambas manos su pierna izquierda para luego volver al piso y retorcerse de dolor. Era la barba amarilla, la víbora no dudó en defenderse luego de que el hombre cayese sobre ella segundos atrás.

Carlos, apenas se percató del quejido de su amigo, fue tras él a auxiliarlo. Francisco pudo identificar al animal, y sabía que, de no actuar rápido, sus horas estaban contadas.

—¡Ve al morral y haz tiras la camisa que tengo allí, Carlos! ¡Necesito que me hagas un torniquete! ¡Rápido, vamos!

Carlos ni respondió, fue de inmediato por la mochila, sacó todo hasta dar con la camisa, e hizo lo indicado. La mordedura fue a la altura de la pantorrilla, por lo que el empresario hizo el torniquete más arriba.

El veneno de la barba amarilla es de grado IV de toxicidad, su mordedura es tan potente que a los dos días puede descomponer la carne del lugar afectado, y en muchos casos la necrosis llega al hueso. Ni hablar de los vómitos con sangre que causa y el dolor agudo que acompaña los síntomas.

Francisco, con su metro setenta de estatura, su corpulencia y fuerza, no soportó el dolor y perdió la conciencia, tan solo 20 minutos después de haber sido mordido. La lluvia seguía profusamente. Carlos, en el desespero, dejó las cosas tiradas en el piso, situación que no perdonó un pequeño riachuelo que se formó cerca y que se llevó consigo —directo al río— lo perteneciente a ambos hombres, incluyendo al pirarucú.

Carlos, para aprovechar el tiempo, no pudo más que cargar a su amigo en sus hombros y avanzar en la espesa selva, la cual lucía totalmente distinta bajo la lluvia y con los incontables riachuelos que le surcaban.

El chaparrón se volvió tan espeso que Carlos apenas se podía ver tres metros más allá de sí mismo. El hombre avanzó lo más que pudo, llevado por la fuerza de la amistad y el instinto reptil de la supervivencia. Ni él mismo, de metro ochenta, entendió luego de donde vino la fuerza que le permitió cargar a su amigo 4 horas bajo la intensa lluvia.

La noche agarró a los hombres, Carlos no pudo sortear la espesura de la selva bajo esas condiciones, y se perdió. El cuadro de Francisco no pintaba nada bien, su pierna se hinchó tanto que el pantalón se desgarró solo, no obstante, el torniquete había hecho lo suyo, evitando que el veneno comprometiera en su totalidad el cuerpo del excursionista.

Como por cosa de la providencia, Carlos halló una piedra saliente en una elevación natural dentro de la selva, y el lugar sirvió de refugio esa noche. No comieron, y el frío hizo imposible que durmieran, pero, por lo menos, estaban en un espacio seco.

—¿Moriremos? —preguntó Carlos.

—Tú si eres bravo, Carlos. Aquí el que debería preocuparse si morirá o no, soy yo —respondió Francisco, tembloroso.

—Yo no te abandonaré, hermano, y solo pregunto para ser realista. Esta situación no está fácil.

—No, no está, pero si llego a ser una carga, déjame de lado y sálvate, es lo correcto.

—¡No digas eso ni en broma, Francisco!

Los hombres conversaron toda la noche, rememoraron su vida y todo lo ocurrido antes de esas vacaciones. Así estuvieron hasta que amaneció.

A Francisco le era imposible caminar, por lo que Carlos debía cargarlo. Él siempre recalcó que nunca supo de donde sacaba las fuerzas para tal proeza, pero lo cierto es que las conversas en el camino daban al pobre hombre el ánimo necesario.

La horas pasaban volando durante el día, y en las noches se volvían interminables. El rocío evitaba la deshidratación, pero en las cuarenta y ocho horas que llevaban perdidos, no hubo nada comestible cerca.

Fue en la tercera noche, como por cosa de Dios, que lograron conciliar el sueño y dormir, cobijados por el calor de una fogata. Llegaron a una cueva en otra saliente en la selva donde años atrás habían pernoctado otros excursionistas; así lo permitía suponer el entorno, la disposición de las piedras y los maderos allí acomodados.

La lluvia cesó y Francisco le explicó a Carlos como hacer una fogata con lo que tenían cerca. El empresario, aunque un poco torpe, a las dos horas logró encender la fogata. Aún había hambre, pero el fuego alejó los mosquitos y permitió conciliar unas importantísimas 5 horas de sueño a ambos.

Detenerse no era opción, así que, en la mañana del cuarto día , Carlos dispuso a ponerse a Francisco al hombro y seguir.

—hermano, basta, déjame aquí, no me siento bien, soy una carga, avanza tú —dijo Francisco, desgastado por el hambre y la herida.

—Estás loco, de aquí salimos los dos, hermano, o nos morimos los dos —respondió Carlos, decidido.

Lo cierto es que Carlos no dejó que el tema se repitiese, e insistió en llevar consigo a su amigo. Las desavenencias fueron muchas, pero el empresario no se detuvo, y así como llevó a su empresa al triunfo, hizo que ambos aguantaran siete días hasta llegar a un claro en la selva.

De todo ese tiempo perdidos, solo durmieron tres noches, manteniéndose a fuerza de agua de rocío. Si bien los cuerpos de rescate se activaron al día siguiente de su desaparición, pudieron hallarlos una semana después, ya que Carlos desconocía los tramos de la selva, y en vez de acercarse al campamento, se alejó.

El encuentro con los rescatistas fue traumático. Carlos escuchó al helicóptero, dejó a Francisco recostado en un árbol, y se fue corriendo al claro a hacer señas, no sin antes haberse reído de emoción con su amigo. No era para menos, habían sobrevivido siete días sin comer, y uno de ellos picado por una de las víboras más mortíferas de la Amazonía.

La aeronave pudo descender, y de ella cinco especialistas con todo el material de apoyo para brindar los primeros auxilios a los hombres.

—¡Señor! ¿Se encuentra bien? —preguntó uno de los paramédicos, con cara de desagrado por el mal olor que manaba de Carlos.

—¡Sí, estoy bien, no se preocupen por mí! ¡Atiendan a Francisco, él sí está grave! —respondió Carlos, señalando el árbol donde yacía recostado su amigo.

Al llegar adonde estaba Francisco, los paramédicos no entendieron nada. Lo que allí hallaron fue un cadáver descompuesto, pululante de gusanos, que, según sus cálculos, llevaba ya seis días y medio fallecido.

—Nunca quise creerles, no pude, sobre todo porque todavía veo a Francisco y hablo con él, de hecho, está aquí ahora, con nosotros —me dijo Carlos, mi antiguo jefe, luego de encontrármelo sentado pidiendo limosnas en una calle de Maracay. Ahora, 30 años después, entiendo todo lo que pasó con la empresa tan exitosa en la que trabajé.

Cada mendigo guarda una historia, un porqué de su desgracia, sentarse a escucharles es, quizá, el mejor regalo que puedas darle.




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